sábado, 10 de diciembre de 2011

Del otro lado


Palabras perdidas que ya no encuentro, 
ni busco. 
He crecido, 
he cedido conceptos a recuerdos que no consigo añorar, 
porque no quiero. 
Mi mente se mantiene inerte, 
inherente a la vagancia de unos muchos 
y unos tantos tontos que aún siguen soñando 
con no tener pesadillas. 
Me envuelven sus llantos, 
su típico utópico canto, 
su espanto reflejado en el miedo de unos cuantos;
lenguas mordidas por unos dientes envenenados 
en venideros cabos, 
cuerdas locas que atan cada paso. 
Caso cerrado.

La mente abierta es la que sueña, 
es la dueña 
de tener en la mano una vida que te quema; 
y qué más decir 
cuando la palabra escrita dice tanto por ti 
y por otros que no hablan, 
que mantienen egoístas sus 
palabras perdidas que ya…

(A una amiga a la que quiero y hace tiempo que no veo)

sábado, 8 de octubre de 2011

Autómata automatizado

Autómata automatizado matizando
y dando por sentado mandos,
cambiando mazos por clavos, cabos,
que se convierten en esclavos
 vagos del miedo.
Pero no sólo es credo lo que cedo cuando hago actos
y pactos
con el silencio,
guardo el respeto en un peto
y me lo pongo si quiero según tus rasgos,
tus rastros, tu rostro y tu ego.
Mírame,
no digas nada,
deja caer una agonía lenta sobre tus palabras.
Recalco desde el palco de mi rutina,
la mala vida del barrio se recrimina.
Crímenes...
que se cometen en estrechos.
Furia,
queriendo dar un do de pecho;
el trecho
que ahora me queda es poco,
eso creemos,
pero se alarga y nos vuelve locos.
No me como los mocos.
La sociedad engaña,
hay estados en guerra
y hay estados en pausa, que no hacen nada.
¿Que hay niños sin comida?
díselo al que manda para que cierre esa herida.
La vida es muerte por todos lados,
la carretera perdida que guía un dado.
el sado de la propia bondad,
los golpes que te hacen creer una verdad fundamental.
Que el mayor girasol es el planeta Tierra,
que la mayor esfera es la que tú te creas,
no veas qué melopea,
me la pela,
lo que digan de mi es una marea...
que ni marea.

lunes, 19 de septiembre de 2011

De poco apocamiento

Me resguardo de un vacío que hace llorar al silencio.
De una luz que aplauden las sombras.
Asiento, y me siento en el suelo a la espera 
de la esperanza.

No se da cuenta...
Que la lluvia es flamante y sosegada
porque ha dejado que sus tímidas gotas hagan crecer 
las raíces de mi conocimiento.
Que el invierno es franqueable,
como el talón que una mujer olvidó
impregnar de invencibilidad.
Que la arena es incansable,
pues cede terreno a las olas volviendo, 
más tarde, 
a recuperarlo.

Y se olvida...
De que Dios es parte de este juego absurdo,
y yo demonio de un infierno
para el que estaba dispuesto a confesarme.

Pero qué tonto...
Me tropecé dos veces con la misma piedra
que hace elevar mi alma
y alabar otros puntos de vista.

El desaliento te lo han provocado esas palabras
que has tenido que comerte.
Sabor a saliva
que cuelga de tu boca a la entrepieza
que cabalga entre estos puzles.

Se calla...
como la mentira
que yace bajo capas, y
a su vez,
siempre es visible y predecible.

Si no te ahogas es porque tu sino 
está escrito en mi palma.
Palmera que se mueve 
cuando soplo con fuerza su rama.
Ramera que se estrella con estrellas fugaces 
cuando pide sus deseos con calma.

¿Y si el cojo coge un taxi?
El mentiroso sigue suelto sin que nadie le persiga.

martes, 30 de agosto de 2011

Túnel.

Una manta que encierra y resguarda la vida.
Vacío de suavidad
y ásperas promesas que se pierden con el viento.
No miento.
Mientras el camino está lleno de sinsabores, las flores que quedan
se van escondiendo.
Y se hace el silencio,
consecuencia de un futuro que te espera al traspasar ese camino;
sí, a traspasar,
a dejarte parte de ti mismo en esa travesía de esperanza mal entendida.
Tendida en el suelo una parte
de ti mismo.
Es inentendible…
mejor dicho, incomprensible.
No tiene ya remedio, pero intentas (y sólo intentas)
encontrar la manera de que todo
vuelva atrás.
Pero no se puede.
No se entiende (recalco).
Sería como perder un imperdible:
irónico y sarcástico,
pero nada más.

domingo, 3 de julio de 2011

...

Desencuentro descompuesto por lunares rojos en el cielo.
Abismo acrecentando la creciente del lago de quererse a sí mismo.
Palabras mal escritas que critican una crítica al sarcasmo.
Ironía despedazada por una ira indomable de autocontrol.

Sentimientos diferentes, urgentes, difusos.
Carne altamente contagiada por altruismo y desventura.
Desventaja al correr hacia tu orilla y desembarcar mi barca.
Alma,
Cartas rotas, cortos ratos,
Sentidos opuestos y puestos en libertad.
En mi libertad....

Desayuno sin diamantes por no romper más las encías
a cabezazos
a cabronazos.
A brazos que no encajan en abrazos rotos.
A medios miedos que se quedan latentes, flotando
Como el cielo estrellado de un pantano
Que se va apagando poco a poco.

Y peco, y pecas…
Y pecamos.
Y el mundo se debate entre el pecar y el picar.
Y el picor,
Alergia de sensaciones frecuentes que suelo frecuentar.
Temor a lo desconocido.
Tumor en los labios que impiden los besos, los bises…

Los vasos no tan llenos.
Los polvos,
las hadas y los cuentos que dormían a los niños.
Algo para recordar, recortar y pegar en el álbum
de los placeres de la vida.
Grande o pequeño,
pero hay quien dice que el tamaño
No importa.

domingo, 20 de marzo de 2011

La historia de Conchita (3)


Capítulo 3: Vómitos y leyendas.

Iban pasando los días, las semanas e incluso los meses. Entre risas y sustos se seguía usando el nombre de Conchita. A veces pasaban semanas entre atisbos de que podía ser real que existiera. Hace relativamente poco, iba a entrar en mi casa y escuché que al otro lado de la puerta se escuchaban vómitos de una persona que creía que era mi hermana. Al entrar y no ver nada, me asusté como casi nunca me había asustado.

En ocasiones sonaban puertas o el impacto de una persona que las golpea con intención de que sea abierta. Los ruidos llegaban incluso a confundirse con el sonido de un cristal al hacerse añicos en el suelo, claro que nunca había nada.

Pudiera ser que las cosas paranormales ocurrieran por nuestra falta de memoria y preocupación a la hora de encender las velas de miel, pero lo que estaba claro era que crecían de manera vertiginosa.

Todo esto no tiene ya importancia... no después de lo que había ocurrido antes de los vómitos; algo que enmudecía todos los sonidos que vendrían posteriormente, que hacía todo lo demás insignificante, aquello que a todos, a día de hoy, nos sigue dejando con la boca abierta, sin explicación y sin respuesta. El incidente del pollo.

sábado, 26 de febrero de 2011

La historia de Conchita (2)

Capítulo 2: El rosario

La llama de la vela seguía coronada por un fuego ajeno a todo el horror que se vivía. No era una vela cualquiera, sino que ésta poseía una fragancia dulce y melancólica que ayudaría a mejorar la estancia en mi casa. Aquella vela tenía miel, un ingrediente necesario para mantener el buen ambiente y la tranquilidad que más o menos había antes. La mujer de las cartas le enseñó a mi madre cuándo encenderlas y dónde colocarlas: cada día 15 del mes, encima de una mesa, en un lugar alto donde cada rincón de la casa pudiera acoger el olor que desprendía.
Intentábamos olvidar el momento en el que vimos el rosario colgando en la cama de mis padres. Incluso daba miedo tocarlo, aunque a simple vista fuera un objeto de plástico que brillaba por las noches. Y el pensar cómo pudo llegar hasta mi casa fue lo que hizo darnos cuenta de de dónde había salido. Aquel rosario se lo encontró mi padre una vez cuando fuimos a El Escorial de visita, tirado en el suelo de la iglesia, y al no encontrar dueño decidió quedárselo. De aquello hacía ya cuatro años, así que era normal que ante nuestros ojos pasara desapercibido.
Las indicaciones de aquella mujer que leía las cartas fueron claras: había que sacar el rosario de la casa. Lo curiosos era que si el rosario poseía algún mal dentro de él, por qué era la habitación de mi hermana, y a su vez, ella misma, las que se veían perjudicadas. La respuesta pareció haberla dado la mujer, ya que se supone que el espíritu estaba atrapado en aquella habitación, y no en la de mis padres; y aquel rosario acrecentaba de algún modo su poder.
El consejo de la mujer fue enterrar de inmediato el rosario, en un lugar, a poder ser, cerca del cementerio. Pero no entendíamos nada y yo, personalmente, no llegaba ni a creerlo. Era de locos. ¿Qué tiene que ver un rosario de hace cuatro años con una supuesta mujer muerta en una habitación? Si digo la verdad a mi me daba igual que lo enterraran o no, porque al fin y al cabo era un rosario, no podía ser nada malo, esto no era la película ‘Stigmata’. Pero de nuevo algo me hizo cambiar de idea; algo extraño y difícil de explicar. Mi madre había dejado el rosario dentro de una bolsa (del ‘Ahorramás’ que son las que se estilan en mi casa) encima de la cama de su habitación, y la puerta cerrada. Sonó un golpe (fue la primera vez que sonó un golpe extraño) y cuando fui a verlo el rosario estaba en el suelo fuera de la bolsa, y la puerta abierta. Un escalofrío recorría mi cuerpo y una impotencia extrema por no lograr encontrar una manera lógica de explicar aquello.
Así que poco más tarde, mi madre se fue a enterrar el rosario. Yo me quedé mientras tanto en mi casa, percibiendo aquél empalagoso aroma de la vela, y de nuevo, pasando un poco del tema, pues volvía a parecerme todo muy poco creíble. Todo se quedaba como anécdotas que contar, como extraños acontecimientos que se dan en tu casa y que dejan boquiabiertos a los demás mientras tú te ríes porque realmente te hace gracia.
Ya estaba hecho, el rosario había sido enterrado, alejado de mi casa. Se suponía que eso debilitaría el poder de Conchita, pero estábamos completamente equivocados. Esto no hizo más que empezar.

domingo, 20 de febrero de 2011

La historia de Conchita (1)


Capítulo 1: Primeros indicios.

En la oscura capa de moho cerca de la enigmática foto de la comunión, comenzó a crearse un problema que invade mi casa hoy en día. Las paredes siguen su transcurso, quedan endebles y pasivas frente a él. Ni siquiera el cemento decrece su paso, no arraiga un minuto de su pasado, no consigue ver más allá. No se muestra tal como es, no se sabe ni si es o si fue… no al menos con certeza. Oscuras se veían tiempo atrás las noches, pero más oscuro aún era el sueño, y precisamente ahí, fue donde todo comenzó.

Pesadillas se ceñían por el claro amanecer de los sueños. Rocambolescos acontecimientos llegaban hacia la habitación más perdida de la casa, la más lejana y fría. La habitación de mi hermana. Ella, mundialmente conocida como alguien, comenzó a tener unos sueños rarísimos en los que asesinaba a sangre fría a la vecina de abajo. No discuto que sea algo genial, pero no era normal, al menos, según ella decía. El frío se apoderaba del lugar, y los sueños volvían a repetirse, no iguales, pero sí parecidos. 

Los días pasaban y pasaban, y mi hermana no lograba descansar nada. Mi madre decidió investigar el por qué, y como haría cualquier periodista de Sálvame Deluxe, se fue a hablar con una médium que sabía echar las cartas (vaya complicación, yo también sé tirarlas encima de la mesa). Descubrió que mis padres habían estado vinculados a El Escorial (aunque yo estuve en el Valle de los Caídos) durante años. Descubrió que tenía una estampita de la Virgen por un cajón de mi casa (en fin…), y dijo que en un lado de la cama colgaba un rosario blanco de plástico que poseía algún tipo de energía negativa. Terminó su monólogo diciendo que en la habitación de mi hermana se centraba un mal, una mujer que no podía salir de allí, una anciana cansada de no poder ser libre. A cualquiera que le digan eso sobre su casa, es posible que se asuste, pero yo no lo hice hasta cuando fui a la habitación de mis padres a dejar una chaqueta nada más llegar: había algo colgando en el lado izquierdo de la cama; algo blanco y no muy grande que me sorprendió no haber visto antes… el rosario.


viernes, 18 de febrero de 2011

La historia de Conchita (0)

Introducción:

Alguna vez, en todo este tiempo, alguien me habrá escuchado hablar de Conchita. Después de mucho pensar y meditar sobre si contar la historia, por lo que pueda pasarle a mi seguridad y a los habitantes de la casa (en estos tiempos, pocos), he decidido que ha llegado el momento de que el mundo entero descubra la verdad. Conchita no es una persona, no lo es ahora, pero lo fue hace ya tiempo.
A partir de la semana que viene comenzará una serie de crónicas que narrarán todo lo ocurrido con ella en esta casa, desde sus inicios hasta la actualidad. Aseguro que todo lo que se os va a contar es realmente cierto. Cada cual, que saque sus propias conclusiones. Comienza pues, en breve, la historia de Conchita, el espíritu que no logró ser libre.