No quiero regalarte una espina
no vaya a ser que la cojas;
y te conviertas en rosa,
y se me olvide el color del río,
y se me olvide que cuando hay frío
te calientas.
Iba a cantarte una historia
pero mejor me la guardo,
por si la esquivas y mis corcheas
se suben de tonalidad,
por si me miras y no sé mirarte,
coges la puerta
y te vas.
Entre tus rejas y mi ventana
ya no hay mañana que esquivar,
ahora las nubes tejen retales
para que no se rieguen más
las malas hierbas que viste mi portal.
¡Joder con la calma!
Para eso me quedo en mi cama
esperando a que suene la alarma
y romperla, para no variar.
Si lo sé me compro un perro,
le enseño boxeo,
que me rompa los huesos
pero nada más.
Soy el hijo de la ruta más distante,
tirante entre las grutas más abruptas
tras los quicios traficantes de mis culpas,
de composturas inquietantes,
de pura fantasía inconfesable.
Me hable mi silencio
o mi cordial corcel del alba,
me cuenten que los cuentos
cuando no se ven no acaban,
o me alaban bajo cantos,
resquebrajan desde el fango esas andanzas
que tenía
mientras no cabía ría en la montaña.
Despierto a la mañana,
parece que a este gallo le han roído sus legañas,
carece de la astucia para abrir bien las pestañas.
Se angustia,
y pide calma.
Guardo un almacén
repleto de cenizas,
un corazón que aun hecho trizas
rompe el techo que agoniza mi descanso;
escondo una alacena en mis retinas,
poca angina y escaso descaro
para ser manso.
Cardaste mi paciencia
y al final caí en la red.
Bebí de la sapiencia
y desde entonces tengo sed.
¡Y no se agota!