miércoles, 11 de agosto de 2010

Cristo modo ON


¿En serio que la gente no se comprende a sí misma? ¿Cómo puede ser que se cambie de un momento a otro con tan poco tiempo? Comprendo que pueda haber matices en una idea, pero distorsionarse a tal punto que se pierda el sentido de su propia naturaleza me parece algo realmente exagerado. El ser humano, por ley y por naturaleza se intenta adaptar a su entorno. Es una manera de sobrevivir y no volverse loco; y no tacho la idea de intentar parecer otro, pero no me parece nada ético ni “cristiano”. Y es que, es ese el asunto. Somos niños y nos enseñan unos valores y unas creencias, que por la familia nos vemos obligados a no discutir, a asentir como las pobres niñas de Moratín, a asumir e intentar masticar; trozo a trozo, salmo por salmo. Pero llegamos a una edad en la que nos damos cuenta de lo que significa cada palabra, cada cuento creado a partir de la nada, cada consuelo insultante que nos ciega a ver la realidad, a contemplar un mar que por muchas olas que se abalancen no va a separarse. Y asumimos la muerte de un modo natural, aunque doloroso; dando por sentado que irá a un lugar mejor, pues cualquier rincón perdido en un pozo del más allá va a ser preferible a esta vida. Cuando nos damos cuenta de lo que hay, nos damos cuenta de lo que no hay. Pero con los años, cada vez más próximos a la meta renegrida, volvemos a ser niños y a creer en lo que la vida nos ha demostrado que no está.  Es entonces cuando la vida del ser humano se convierte en un perfecto y disparatado paralelismo que deja entrever un cambio causado por la desesperanza y la perdición.
Siete días hacen falta para caer en la cuenta, tantos días como pecados, tantos pecados como sacramentos, tantos sacramentos como colores en el arco iris, tantos colores como maravillas del mundo, tantas maravillas como las palabras que dieron nombre a los días. Todo está tan bien conectado que parece imposible que no haya sido hecho a posta. Pero es entonces cuando caemos en la cuenta de todo lo contrario: los días, los colores, las maravillas, los pecados; son actos del ser humano al elegirlos, al cometerlos o al crearlos. Se puede andar mucho y ver y escuchar, porque el largo camino de la vida da para mucho más de lo que parece, por muy corta que resulte al final, por ello no se debe dudar en lo que se es y en lo que se cree. Porque si hay un dios que creó una inundación porque unos aldeanos se reían de un pobre carpintero que creó una barca en pleno agosto, debe haberlo también para dar de comer a un niño que muere de hambre, con el mismo maná que, leyendas atrás nos cuentan, dio de comer a todo el pueblo egipcio. Muchos son los ejemplos que podemos poner de las injusticias que Dios comete, tantas como personas mueren en el mundo de forma desconsiderada. Si Dios existe de verdad, está muriendo y ya no le quedan fuerzas para sostener este mundo que ha creado. Se le está yendo de las manos. O no le importamos tanto como dicen sus secuaces y juega con nosotros como tristes marionetas.
No creo que la gente deba encender sus velas porque sí. Debe ser un día llovioso, cuando más cuesta sostenerla encendida, porque es entonces cuando realmente necesitamos esperanza. Y en ese caso, no lo discutiré jamás. Cada uno se desahoga como puede y no tiene más remedio que seguir su corazón, esté o no equivocado. Pero no puede ser una noria en la que te subes y te bajas cuando quieres.
No lo olvides, puedes pensar que hay un dios que va a resolverte la vida, pero es mejor pensar que hay una vida que no te la va a resolver ningún dios, porque es ahí cuando tú, por muy duro que sea, tienes las riendas de tu presente y tu futuro.

domingo, 1 de agosto de 2010

El comienzo

Muchas personas no comprenden el final de algo o de alguien, les aterra pensar que todo tenga que acabar y, aunque no lo reconozcan los más creyentes, a ellos les aterra pensar que la única persona que se supone, es capaz de no acabar, no haga nada por ellos. El final simpre debe ser aterrador, tiene que ser desesperante, inquietante y molesto. Pero le pese a quien le pese, tiene que ser, simplemente. No se puede intentar hacer algo sin conlcuir, sin terminar, pues es cuando algo acabo cuando podemos evaluarlo o echarlo de menos. Pensamos en lo miserable que es un amigo cuando deja de serlo y sabemos verdaderamente lo bueno que es alguien cuando deja de ser un desconcido para nosotros. No es una lucha que hay que contrarrestar ni un dolor que pueda ser pausado, es una realidad que debe prevalecer sobre muchas otras, y a quién no le guste la idea de lo "nunca eterno", que piense en el comienzo...