Me pide respeto el silencio
por no ser dueño de sí mismo
y anclarse a la rutina del abismo
hacia la calma
que clama hacerse ama en mi memoria.
Esa que nunca se agobia
por no hacer alarde en la cama.
Esa que se destrona y que truena
si chocan asiduas las aguas.
Me raspan los vasos de vino venidos a
menos,
y la llanura de las sendas; los pastos
que no se comieron en bandeja,
las tejas que no miman sus miedos.
Ser siempre fiero no es respuesta
si en la orquesta de esta cena
está tocando tu ego.
No me grites más, viento, a la oreja,
que ya te oí pasar por mi ventana.
Y tú, mañana, no rías tanto
que sé que te has quedado con más
ganas
de dormir, pero que el sol te llama.
Ya están ardiendo sus llamas.
No voy a perder mis costumbres
por más que me alumbre una sombra de
lana,
por más que el mar no atraviese las
montañas
a falta de un Noé que le ayude a
remar.
Así que, guárdate, tierra, tus
palabras;
deja que te coman los gusanos las
entrañas
que tantos años aprendiste a cultivar.
Me dicen los paños
que están ya cansados del aire
que no se quieren secar.
Me arañan los falsos rebaños
cedidos del baile
del paso que no saben dar.
Pide tú, vida, qué quieres
que te daré lo que quieras.
Pero pide, que no se a qué esperas.