El vacío es
el que clama la virtud de la inocencia,
el destino
es la palabra que se clava en la impaciencia
de dejar a
un lado el lago dado por tus ojos,
para olvidar a lo que temen los cerrojos,
ese miedo paseado por despojos de otros ratos.
Ratas de orfanato.
Sin más.
Ratas de orfanato.
Sin más.
Los
senderos, si se abren,
son de
piedras descompuestas,
de caminos
que se temen
por tener la
puerta abierta
a ilusiones
aún sin orden,
anarquía en
la cabeza;
si me pierdo
no preguntes,
que aún no
tengo la respuesta.
Respirar el
aire que roza tu cuello
para olvidar
los retazos de unos besos
ya perdidos
por el tiempo,
ya extinguidos
por lamentos;
acedías
entre versos
de hace días
aún sufriendo.
Soy el
desierto de este premio,
tan sólo
tengo tinta y letra,
si quieres
meterme en un gremio
méteme en el
de los poetas;
mi aren, repleto
de musas,
mi cáliz de
whisky y hielo,
limón si es
que estoy de buenas,
y si no,
pues a palo
seco.
Pero no todo
queda atrás,
tengo el
mando,
ando donde
quiero y más,
cojo el
atajo de pegarle un tajo a la rutina,
y
resquebrajar la orilla
del mar.
Dejar atrás
el abismo,
comprender
el sonido de la lluvia
al golpear
contra el cristal,
y soñar con
que es el mismo
eco donde se
refugia
el exilio de
tu paso al caminar.