sábado, 26 de febrero de 2011

La historia de Conchita (2)

Capítulo 2: El rosario

La llama de la vela seguía coronada por un fuego ajeno a todo el horror que se vivía. No era una vela cualquiera, sino que ésta poseía una fragancia dulce y melancólica que ayudaría a mejorar la estancia en mi casa. Aquella vela tenía miel, un ingrediente necesario para mantener el buen ambiente y la tranquilidad que más o menos había antes. La mujer de las cartas le enseñó a mi madre cuándo encenderlas y dónde colocarlas: cada día 15 del mes, encima de una mesa, en un lugar alto donde cada rincón de la casa pudiera acoger el olor que desprendía.
Intentábamos olvidar el momento en el que vimos el rosario colgando en la cama de mis padres. Incluso daba miedo tocarlo, aunque a simple vista fuera un objeto de plástico que brillaba por las noches. Y el pensar cómo pudo llegar hasta mi casa fue lo que hizo darnos cuenta de de dónde había salido. Aquel rosario se lo encontró mi padre una vez cuando fuimos a El Escorial de visita, tirado en el suelo de la iglesia, y al no encontrar dueño decidió quedárselo. De aquello hacía ya cuatro años, así que era normal que ante nuestros ojos pasara desapercibido.
Las indicaciones de aquella mujer que leía las cartas fueron claras: había que sacar el rosario de la casa. Lo curiosos era que si el rosario poseía algún mal dentro de él, por qué era la habitación de mi hermana, y a su vez, ella misma, las que se veían perjudicadas. La respuesta pareció haberla dado la mujer, ya que se supone que el espíritu estaba atrapado en aquella habitación, y no en la de mis padres; y aquel rosario acrecentaba de algún modo su poder.
El consejo de la mujer fue enterrar de inmediato el rosario, en un lugar, a poder ser, cerca del cementerio. Pero no entendíamos nada y yo, personalmente, no llegaba ni a creerlo. Era de locos. ¿Qué tiene que ver un rosario de hace cuatro años con una supuesta mujer muerta en una habitación? Si digo la verdad a mi me daba igual que lo enterraran o no, porque al fin y al cabo era un rosario, no podía ser nada malo, esto no era la película ‘Stigmata’. Pero de nuevo algo me hizo cambiar de idea; algo extraño y difícil de explicar. Mi madre había dejado el rosario dentro de una bolsa (del ‘Ahorramás’ que son las que se estilan en mi casa) encima de la cama de su habitación, y la puerta cerrada. Sonó un golpe (fue la primera vez que sonó un golpe extraño) y cuando fui a verlo el rosario estaba en el suelo fuera de la bolsa, y la puerta abierta. Un escalofrío recorría mi cuerpo y una impotencia extrema por no lograr encontrar una manera lógica de explicar aquello.
Así que poco más tarde, mi madre se fue a enterrar el rosario. Yo me quedé mientras tanto en mi casa, percibiendo aquél empalagoso aroma de la vela, y de nuevo, pasando un poco del tema, pues volvía a parecerme todo muy poco creíble. Todo se quedaba como anécdotas que contar, como extraños acontecimientos que se dan en tu casa y que dejan boquiabiertos a los demás mientras tú te ríes porque realmente te hace gracia.
Ya estaba hecho, el rosario había sido enterrado, alejado de mi casa. Se suponía que eso debilitaría el poder de Conchita, pero estábamos completamente equivocados. Esto no hizo más que empezar.

domingo, 20 de febrero de 2011

La historia de Conchita (1)


Capítulo 1: Primeros indicios.

En la oscura capa de moho cerca de la enigmática foto de la comunión, comenzó a crearse un problema que invade mi casa hoy en día. Las paredes siguen su transcurso, quedan endebles y pasivas frente a él. Ni siquiera el cemento decrece su paso, no arraiga un minuto de su pasado, no consigue ver más allá. No se muestra tal como es, no se sabe ni si es o si fue… no al menos con certeza. Oscuras se veían tiempo atrás las noches, pero más oscuro aún era el sueño, y precisamente ahí, fue donde todo comenzó.

Pesadillas se ceñían por el claro amanecer de los sueños. Rocambolescos acontecimientos llegaban hacia la habitación más perdida de la casa, la más lejana y fría. La habitación de mi hermana. Ella, mundialmente conocida como alguien, comenzó a tener unos sueños rarísimos en los que asesinaba a sangre fría a la vecina de abajo. No discuto que sea algo genial, pero no era normal, al menos, según ella decía. El frío se apoderaba del lugar, y los sueños volvían a repetirse, no iguales, pero sí parecidos. 

Los días pasaban y pasaban, y mi hermana no lograba descansar nada. Mi madre decidió investigar el por qué, y como haría cualquier periodista de Sálvame Deluxe, se fue a hablar con una médium que sabía echar las cartas (vaya complicación, yo también sé tirarlas encima de la mesa). Descubrió que mis padres habían estado vinculados a El Escorial (aunque yo estuve en el Valle de los Caídos) durante años. Descubrió que tenía una estampita de la Virgen por un cajón de mi casa (en fin…), y dijo que en un lado de la cama colgaba un rosario blanco de plástico que poseía algún tipo de energía negativa. Terminó su monólogo diciendo que en la habitación de mi hermana se centraba un mal, una mujer que no podía salir de allí, una anciana cansada de no poder ser libre. A cualquiera que le digan eso sobre su casa, es posible que se asuste, pero yo no lo hice hasta cuando fui a la habitación de mis padres a dejar una chaqueta nada más llegar: había algo colgando en el lado izquierdo de la cama; algo blanco y no muy grande que me sorprendió no haber visto antes… el rosario.


viernes, 18 de febrero de 2011

La historia de Conchita (0)

Introducción:

Alguna vez, en todo este tiempo, alguien me habrá escuchado hablar de Conchita. Después de mucho pensar y meditar sobre si contar la historia, por lo que pueda pasarle a mi seguridad y a los habitantes de la casa (en estos tiempos, pocos), he decidido que ha llegado el momento de que el mundo entero descubra la verdad. Conchita no es una persona, no lo es ahora, pero lo fue hace ya tiempo.
A partir de la semana que viene comenzará una serie de crónicas que narrarán todo lo ocurrido con ella en esta casa, desde sus inicios hasta la actualidad. Aseguro que todo lo que se os va a contar es realmente cierto. Cada cual, que saque sus propias conclusiones. Comienza pues, en breve, la historia de Conchita, el espíritu que no logró ser libre.