Me resguardo de un vacío que hace llorar al silencio.
De una luz que aplauden las sombras.
Asiento, y me siento en el suelo a la espera
de la esperanza.
No se da cuenta...
Que la lluvia es flamante y sosegada
porque ha dejado que sus tímidas gotas hagan crecer
las raíces de mi conocimiento.
Que el invierno es franqueable,
como el talón que una mujer olvidó
impregnar de invencibilidad.
Que la arena es incansable,
pues cede terreno a las olas volviendo,
más tarde,
a recuperarlo.
Y se olvida...
De que Dios es parte de este juego absurdo,
y yo demonio de un infierno
para el que estaba dispuesto a confesarme.
Pero qué tonto...
Me tropecé dos veces con la misma piedra
que hace elevar mi alma
y alabar otros puntos de vista.
El desaliento te lo han provocado esas palabras
que has tenido que comerte.
Sabor a saliva
que cuelga de tu boca a la entrepieza
que cabalga entre estos puzles.
Se calla...
como la mentira
que yace bajo capas, y
a su vez,
siempre es visible y predecible.
Si no te ahogas es porque tu sino
está escrito en mi palma.
Palmera que se mueve
cuando soplo con fuerza su rama.
Ramera que se estrella con estrellas fugaces
cuando pide sus deseos con calma.
¿Y si el cojo coge un taxi?
El mentiroso sigue suelto sin que nadie le persiga.
