domingo, 3 de junio de 2012

La llave del campo

Ese romper el cristal
y echar la mierda al vertedero,
o al mar de grises delfines
que mueren por el agua intoxicada.
El hablar de las hadas
y sus cuentos,
o los absurdos ajetreos de la mente humana.

Me equivoqué, pero no me exculpo;
me considero parte del vulgo
y de la leña,
la llama que quema mi cena
y se derrite por mi plato hasta el suelo.
No hace más eco el vacío
que mis rezos;
cuando me he perdido en otra orilla
haciendo pie en un asfalto condenado al desconcierto.
Sin barcas para retomar el camino a casa,
si es que hay casa que acoja estos versos.

Y el mar sigue a su paso,
quietecito pero fiero.
¿Y el cielo? Revestido
con tupidos velos negros,
y un lunar de ocre
casi descosido por el tiempo,
por tormenta…
Por la menta podrida en el cerebro.

Un pararrayos para el sol
y sus cabellos,
escondite para el frío del norte,
para atarme al sur del horizonte.
Me miro en el espejo,
mi reflejo hace el intento de sorprenderme
pero no puede.
¿Acaso esa sombra me conoce?
¡No comparte ni mi mente
ni mis penas!
Ni sabe lo que es una vena
hinchada a base de soplar
de boca en boca;
las lenguas con tumores
y saliva descompuesta.
No hay dientes que mastiquen tantos salmos
si no hay garganta que pronuncie una respuesta.

Y qué es de mí, vida,
qué es de mí,
fuera de la goma y la apariencia,
lejos de vislumbrar el umbral de una avaricia
insana y descolorida al rojo atardecer.
Desfila ante mis ojos, vida,
que yo seguiré tan ciego
como siempre que he pintado
el cielo en mi memoria,
y he acabado por quitarle la pila
al despertar de mi historia.

Arietes de alcohol contra mis dientes;
y aún así
te miro y mientes,
pidiendo que te escuchen
aquellos
que no saben escuchar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario